DOSSIER

 

Cuestiones conceptuales y metodológicas en torno al concepto y significado de bienestar social


Conceptual and methodological questions about the concept and meaning of social welfare

Andrés RODRIGUEZ FERNANDEZ

Victoria ZARCO MARTIN

Carmen ARDID MUÑOZ

Universidad de Granada


RESUMEN

PALABRAS CLAVE

ABSTRACT

KEY WORDS

EL SER HUMANO Y EL BIENESTAR SOCIAL

II. SURGIMIENTO DEL ESTADO DEL BIENESTAR

III. ¿QUE ES Y QUE PRETENDE EL BIENESTAR SOCIAL?

IV. FACTORES PSICOSOCIALES IMPLICADOS EN EL BIENESTAR SOCIAL

V. ALGUNOS PROBLEMAS EPISTEMOLÓGICOS Y METODOLOGICOS EN EL ESTUDIO DEL BIENESTAR SOCIAL

BIBLIOGRAFÍA


RESUMEN

En este trabajo se aborda el concepto de bienestar como una aspiración inherente a la propia condición del ser humano. En ese marco se plantea el surgimiento del Estado del Bienestar como administrador de recursos y de conciencias Se analiza a continuación, el significado de bienestar social en relación con el bienestar económico y bienestar psicológico, y se identifican los factores psicosociales básicos implicados en dicho concepto. Por último, se consideran algunos problemas epistemológicos y metodológicos con los que habitualmente nos encontramos al aproximarnos al estudio del bienestar social.

PALABRAS CLAVE

Bienestar social. Factores psicosociales. Problemas metodológicos.

ABSTRACT

In this paper, the concept of welfare is addessed as an aspiration inherent to the very condition of human being. In that framework, the emergence of the State of Social welfare as administrator of resources and consciences Later, the meaning of social welfare is analyzed in relation to the economic welfare and psychological welfare, and basic social-psychological factors involved in that concept are identified. As and end, some epistemological and methodological problems are considered, problems we may come across when studying social welfare.

KEY WORDS

Social welfare Social-psychological factors. Methodological problems.

 

EL SER HUMANO Y EL BIENESTAR SOCIAL

La aspiración del hombre y de la especie humana, una vez asegurada la supervivencia, se orienta hacia la consecución de un mayor bienestar. Así tanto las distintas religiones como la mayoría de las filosofías y pensadores de cualquier época y lugar se han planteado el tema del bienestar o de la felicidad del ser humano (Argyle 1987), aunque en términos de Veenhoven (1991, p. 8): "La historia de la felicidad es la historia de la confusión". En la actualidad, la ciencia social se orienta a promover en los grupos sociales una conciencia de la necesidad de compromisos solidarios (Offe, 1990), y el pensamiento político y social sigue estando dominado por el concepto de bienestar (De Felice, 1984).

El hecho de orientar nuestros pensamientos y acciones hacia la consecución de un mayor bienestar o de una mayor felicidad es altamente atractivo, porque ello significa que el hombre es cada vez más capaz de flexibilizar su sistema de normas y de creencias, así como sus comportamientos para poder contemplar y comprender su realidad, inserta en la realidad de los demás.

El ser humano, en su larga evolución histórica, ha constatado lo importante que es vivir en sociedad por todo lo que ello comporta: ayuda, intercambio, socialización y cultura. Pero también implica someterse a unas reglas que en la mayoría de las ocasiones han sido impuestas por la fuerza, lo que ha generado innumerables guerras, conflictos, marginación y pobreza A pesar de ello, el hombre siempre ha necesitado de los demás para su propio desarrollo.

El fenómeno más específicamente humano como es el lenguaje, no hubiera sido posible sin el concurso de los demás, sin el intercambio de objetos y de símbolos, sin la interacción social. Y el bienestar social comienza, en nuestra opinión, con la emergencia de los lenguajes, si bien ello conlleva, asimismo, la generación de la conciencia y, consecuentemente, de la intencionalidad y de la propositividad que, a la postre, están creando al hombre tantos o más problemas que bienestar (Pinillos, 1977).

Hasta hace relativamente poco tiempo, el bien más importante a conseguir era la propia vida, por la inseguridad en la que se vivía, siempre a merced de señores, caciques, jefes o caudillos, por las condiciones de vida y de trabajo o por el hambre sin más. Después de la Revolución Francesa, de la Revolución Industrial y de las sucesivas revoluciones tecnológicas, acompañadas de un proceso de consolidación del sistema democrático, tras las dos grandes guerras, a pesar de las críticas que puedan hacerse, la gente, en general, vive más segura, mejor y durante más tiempo.

En el momento actual, a pesar de estar inmersos en otra dura crisis, en todos los países del área occidental existe una amplia cobertura de servicios sociales, distinta, lógicamente, en cada país en función de su mayor o menor disponibilidad de recursos. No obstante, lo importante es que los Estados asumen sin paliativos la seguridad social de los ciudadanos como algo propio. Esto ha hecho que se hayan alcanzado logros importantes en diversos campos del bienestar dentro de nuestra área cultural.

Sin embargo, aún así, hablar de bienestar social aquí y ahora puede parecer una paradoja, quizá un ejercicio intelectual irrelevante, incluso una falta de sensibilidad ante los problemas que tiene planteados nuestro país y Andalucía en especial, cuyas tasas de desempleo superan en estos momentos el 30%, si bien es en los momentos de crisis cuando surge con mayor fuerza el interés, por parte de los estudiosos, de reflexionar acerca de lo que más anhela la población, esto es, bienestar social y calidad de vida.

El concepto de bienestar social, "indefinible abstracción", que diría Tittmuss (1976), no ha tenido siempre el mismo significado para el hombre, antes bien éste ha sido distinto según las épocas y las culturas (Levi-Strauss, 1979). Así, cada cultura y cada sociedad revisan y evalúan permanentemente la forma de vida heredada, su propio modelo económico, político y social (Mishra, 1984), Por tanto, el bienestar social es un concepto contingente con la historia, y vinculado a unos determinados sistemas de valores, de normas y de creencias, a unas estructuras sociales específicas y, en definitiva, a un determinado contexto socio-histórico y a unas específicas relaciones de poder (Fraser, 1973).

De este modo, cada época y cada cultura interpretará el concepto de bienestar social de forma distinta, según cuál sea su sistema de necesidades o donde sitúen el nivel de seguridad básico. Lógicamente, tal sistema de necesidades y tal nivel de seguridad lo establecen unos determinados grupos de poder en función de sus propios intereses, inmediatos o mediatos.

Hasta bien entrado el siglo XVI, con el nacimiento de los estados modernos -que, paradójicamente, se originan con una clara orientación a la guerra y, por tanto, al malestar-, y de la nueva ciencia, no comienzan a plantearse los gobiernos la responsabilidad que compete asumir al Estado en la atención de los necesitados. Así pues, hasta esos momentos los agentes reales de bienestar social eran los familiares, parientes, amigos, vecinos o instituciones, tales como los gremios, cofradías y la Iglesia, quienes se encargan de cubrir las carencias más perentorias y graves, llevados por un ideal caritativo y de generosidad o de solidaridad.

Con el desarrollo de distintos acontecimientos de muy diverso calado: Revolución Francesa, Revolución Industrial, desarrollo de la teoría sociológica de corte socialista, aportaciones de los economistas liberales de finales del siglo XIX y principios del XX, fortalecimiento del movimiento obrero y cristalización del derecho del trabajo, entre otros, sufre fuertes modificaciones el sistema de relaciones precedente. Los ideales parentales y de caridad cristiana dan paso a los de justicia, libertad y utilidad.

La vida, en esta época dorada de la industrialización y del progreso, es difícilmente superable para los grupos mas débiles: viejos, niños, impedidos, y bastante dura para el resto (Hosbawm, 1977). El indicador estrella del bienestar social en esta época es la productividad, el beneficio y el confort que, lógicamente, sólo podrían alcanzar un reducido número de privilegiados, cuya legitimación venía siendo defendida por la doctrina individualista liberal elaborada por Mandeville.

En este contexto, y bajo el nuevo sistema de valores propugnado por el discurso liberal, los necesitados son etiquetados de perezosos, incompetentes, poco emprendedores y poco previsores. Por tanto, el mal de su pobreza se considera que lo han generado ellos mismos. Así, aunque exista la opinión generalizada de que debía ayudarse a los necesitados, también se estaba de acuerdo en que tal ayuda debería ser escasa y concebida de forma humillante, a fin de que tal situación les impulsara a salir de la marginación e incardinarse a las fuerzas productivas.

No obstante, a partir de los años treinta, y en la medida en que comienza a desarrollarse un paro cíclico por desajustes en el sistema productivo y adquieren señas de identidad los sindicatos, ampliamente alimentados por el pensamiento socialista (Cole, 1964) y por el desarrollo de la obra marxista, la pobreza ya no se define como sinónimo de pereza o de incompetencia personal, antes bien se asume que hay trabajos mal pagados, desempleados reales, empleados ocasionales y desigualdad de oportunidades en el mercado libre. Así pues, se pasa de una concepción y actitud negativista del hombre a concebirle desde actitudes más flexibles y paternalistas.

Bajo esta filosofía paternalista del nuevo trato ya se comienza a asumir que con el aumento de riqueza creada por la industria, podría incrementarse la ayuda a los necesitados, ya que todo miembro de la sociedad tiene derecho a un nivel de renta suficiente que le permita satisfacer sus necesidades básicas de un modo adecuado. Estamos asistiendo, pues, al nacimiento del Estado del Bienestar, como resultado, fundamentalmente, de la expansión de la ideología política socialdemócrata, basada en el pacto social capital trabajo y en el rechazo de la lucha de clases (García Cotarelo, 1986).

A través de esa reflexión inicial hemos pretendido aproximarnos al concepto de bienestar social desde una perspectiva histórica, quizá por esquemática algo distorsionada, pero en todo caso ilustrativa de su compleja ambigüedad, que responde, a nuestro entender, a tres orientaciones básicas existentes en la cultura occidental: orientación cristiana, liberal capitalista y marxista.

Estas tres concepciones del hombre, del mundo y de la historia, desde ópticas distintas, han ido perfilando un determinado modelo de hombre y de sociedad.

Pues bien, en esta construcción múltiple y no siempre armónica, surge el bienestar social como una meta prioritaria a conseguir. La dificultad, sin embargo, radica en saber y asumir quiénes fijarán los criterios y cómo van a definir dicho bienestar social. Lógicamente, a la base de estas cuestiones, siempre late alguna de estas orientaciones que será, en definitiva, la que determine tales criterios y los legitime en un contexto determinado (Habermas, 1975). En relación con estas orientaciones básicas, podríamos decir que el principal problema que tiene planteado hoy la moderna teoría del bienestar es cómo y desde qué bases de legitimidad reinterpretar diversos conceptos políticos claves, entre los que destacan la libertad, la solidaridad y la igualdad (Plant, 1980).

 

II. SURGIMIENTO DEL ESTADO DEL BIENESTAR

El Estado del Bienestar nace en el momento en que la sociedad y el Estado dejan de considerar la pobreza como una consecuencia exclusiva del fracaso personal. Desde esta nueva orientación, el concepto de caridad se sustituye por el de justicia social. Este cambio de actitud no es radical, sino progresivo; por tanto, aún se admite la existencia de holgazanería e irresponsabilidad, si bien se las considera más como un defecto a corregir que como un delito, más como producto coyuntural de una desorganización personal y social -por tanto, recuperable- que como manifestación inevitable de la naturaleza humana.

Después del fuerte impacto que generó la nueva concepción de la ciencia, la Revolución Francesa y la Revolución Industrial, la gente va tomando conciencia de que puede controlar su propio destino, si bien el desarrollo de la industrialización supuso una barrera que hizo reevaluar esa optimista actitud. No obstante, los niveles de aspiración de la gente se incrementan, debido a múltiples factores, entre los que cabría destacar el aumento y desarrollo de los niveles educativos, la divulgación del pensamiento social y el desarrollo de la obra marxista, la consolidación progresiva de la identidad de la clase trabajadora, el incremento de la capacidad crítica, la unificación de los sindicatos norteamericanos, la revolución bolchevique de 1917... Todos estos acontecimientos, que se están construyendo sobre una nueva realidad, van a configurar un nuevo modelo de relaciones, de nombre y de sociedad.

La nueva situación es afrontada por el capitalismo con el barniz del humanismo y de la filosofía del nuevo trato, los cuales hicieron creer en un verdadero cambio que no llegaría a cristalizar. Sin embargo, el desarrollo de esta nueva orientación se plasmará en múltiples y sucesivos programas sociales tendentes a la consolidación de un emergente Estado de Bienestar.

Así, pues, simultáneamente al desarrollo de la industrialización se da una época de humanitarismo, iniciado de forma sistemática con el Informe Webb en 1909, en el que se propone un verdadero programa de seguridad social, desarrollado y ejecutado años más tarde en el Reino Unido, en donde antes de la mitad del siglo actual ya existían leyes sobre el Servicio Sanitario Nacional y el Seguro nacional.

En Alemania, Bismark, obsesionado por el avance de los ideales marxistas, y para contrarrestarlos, ya en 1880 estableció un sistema nacional de seguros sociales que, de forma progresiva, se fue ampliando con el tiempo.

El proceso fue similar en los países escandinavos y centroeuropeos y, aunque con mayor retraso, en Francia e Italia. Al otro lado del Atlántico sólo comenzaron a preocuparse en serio por el problema del bienestar social con la Gran Depresión de 1929.

En nuestro país se iniciarán los primeros planes de desarrollo social y los primeros informes (Foessa, Cáritas) a partir de la década de los años sesenta.

El Estado del Bienestar surge y se desarrolla, pues, como el máximo instrumento que administra recursos y los distribuye con el fin de cubrir las necesidades materiales de los individuos que tiene bajo su tutela, suponiendo que al estar satisfechas éstas, los individuos responderán con gratitud a su benefactor.

En este contexto cabe destacar, desde el punto de vista económico, la obra de Pigou (1912/1932) Salud y Bienestar, publicada originalmente en 1912 y revisada años más tarde bajo el nuevo título de Economía del Bienestar en la que plantea el problema de la distribución de los ingresos, aunque en su opinión el objetivo esencial de la actividad humana no es la simple producción de riqueza, sino el logro de bienestar. Esta obra, aunque no aporta una teoría del bienestar total, sino solo del bienestar económico, puede considerarse como núcleo integrador y orientador de una serie de trabajos desarrollados por autores de diversa formación, tales como Dupuit, Marshall, Walvas, Barone y Abram Bergson, quienes desde perspectivas distintas, irán profundizando en esta línea del bienestar social durante el siglo XIX y primer tercio del siglo XX.

Un enfoque diferente es el realizado por John Hobson (1921), socialista fabiano, para el que el ideal no era el logro de un simple bienestar económico, sino la consecución de bienestar humano, aunando los aspectos éticos y económicos. No obstante, en su obra Economía de la distribución, considera el capitalismo como un obstáculo para el logro de dicho bienestar.

Por su parte, Hicks (1938) consideraba que siempre que el total de ganancias superase el total de pérdidas, hay un incremento de bienestar colectivo, aún en el caso de que la compensación no se realice a escala individual.

Por último, Kenneth Boulding (1953), considera que el óptimo de bienestar puede asegurarse por medio de mercados perfectos, mercados en los que reine un estado de competencia perfecta. Sin embargo, otros autores, entre los que destaca Langue, sostienen que tales mercados perfectos no pueden darse en las condiciones de funcionamiento del capitalismo, sino solo a partir del advenimiento de una sociedad socialista en la que la Administración tenga suficiente autoridad para regular los niveles de ganancia y de distribución de las personas.

El Estado del Bienestar, sin embargo, no llegará a generalizarse de forma homogénea hasta después de la II Guerra Mundial (Flora & Heidenheimer, 1981), cuando la mayor parte de los países capitalistas desarrollados asumen la doctrina del Informe Beveridge y la política económica propugnada por Keynes. Esta asunción supone que los Estados se transforman en las mayores empresas de estos países y que las cargas fiscales se incrementen en gran medida. Al mismo tiempo, los cambios que ha generado el Estado del Bienestar en cuanto al incremento de burocracia en la Administración, en las condiciones de empleo y desempleo, en la distribución de la renta y en la productividad en el trabajo, han sido profundos y difíciles de suprimir en los momentos de recesión.

A partir de la crisis de los años setenta se han debido replantear, sin embargo, una gran parte de sus principios y de sus funciones, de tal manera que el intervencionismo estatal comienza a dejar de ser el atractivo instrumento mágico en el que todos confiábamos (Rosanvallon, 1981).

 

III. ¿QUE ES Y QUE PRETENDE EL BIENESTAR SOCIAL?

El bienestar social es ante todo un término ambiguo y cargado de fuertes connotaciones políticas e ideológicas (Picó, 1987). Por tanto, observamos que las distintas definiciones que suelen darse no son neutras, sino que se insertan en una determinada concepción del hombre y de la sociedad, responden a unas actitudes específicas y, por qué no, a unos intereses concretos. De ahí que para conseguir un mínimo de claridad expositiva, intentaré delimitar en lo posible el concepto de bienestar social, diferenciándolo de otros conceptos con los que se ha venido confundiendo de forma sistemática.

En una primera aproximación podríamos decir que el bienestar social es un componente de la calidad de vida de una colectividad, que juega en papel básico junto con el bienestar económico y con el bienestar psicológico para configurar el bienestar total de ésta y de los individuos que la constituyen.

Por tanto, el bienestar social no es sinónimo de bienestar económico, aunque durante largo tiempo se haya querido hacer converger. Esta falsa creencia se basa en el erróneo supuesto de que el crecimiento económico genera desarrollo social y, como consecuencia, desarrollo humano.

Este encadenamiento o secuencialidad, que nos lleva del crecimiento económico al crecimiento humano, se basa en el falso mito racionalista y unidimensional del hombre, así como en la empobrecedora y limitada idea mecanicista-economicista de la sociedad.

El cuestionamiento de este supuesto surge, paradójicamente, en la década de los sesenta, época en que las sociedades avanzadas conocen un progresivo crecimiento económico y un incremento global de riqueza. Incluso las clases obreras y la población rural se integran de forma inequívoca en el camino de la conquista cada vez más amplia del bienestar. No obstante, a pesar de esta euforia, avalada por un gran y continuo crecimiento industrial y una elevación global de la riqueza, comienzan a surgir subculturas juveniles, microrrevoluciones culturales, revueltas salvajes; es decir, amplios grupos sociales se muestran disconformes con la filosofía implícita del desarrollismo y optan por posturas radicales de marginación.

De otro lado, la gran mayoría de los que se integran en el sistema lo hacen más por resignación que por una vinculación normativa de aceptación. Esta pseudointegración dará lugar a una insatisfacción difusa generadora de miedos, soledad, angustia y desidentificación personal y social. En suma, lo que se cuestiona es la felicidad prometida y nunca alcanzada, máxime cuando las exigencias y aspiraciones sociales son cada vez más altas y, en épocas de crisis como la actual, más difíciles de satisfacer, incluso en sus aspectos más básicos y perentorios.

El bienestar económico, pues, no es sinónimo de bienestar social, y mucho menos de bienestar psicológico, ya que al contemplar solo la faceta económica en términos cuantitativos, estamos asumiendo un modelo de hombre y de sociedad donde el ser humano está orientado más que a ser más, a tener más, o lo que es lo mismo, a ser menos. Además, y esto es aún más grave, esta conformidad, pasividad y dependencia, unida a esa insatisfacción difusa de la que hablábamos, es tierra propicia para el desarrollo de los totalitarismos en su doble versión, dura (fascismo, nazismo, comunismo) o blanda (democracias liberales), tal como apuntaban hace algunas décadas Horkheimer y Adorno, o, más recientemente, Anthony (1984).

En este sentido, consideramos que a partir de un cierto umbral, el progreso técnico puede invertirse y orientarse hacia un destino no deseado. Incluso, podemos llegar a plantearnos si el hecho de progresar de una forma no controlada, irreflexiva y acrítica, no puede suponer un retroceso para la aspiración y realización del ser humano.

El bienestar económico para acercarse al bienestar social y al bienestar psicológico no debe contemplarse como fin en sí mismo, sino como mero instrumento al servicio de cada hombre y de la sociedad en su conjunto. El bienestar económico, pues, debe estar inserto en un modelo redistributivo y equitativo de la riqueza y en un modelo axiológico esencialmente humanista del hombre y de la sociedad, ya que como dirían In extremis" los contestatarios del Mayo francés, uno no se enamora de una tasa de crecimiento. Por tanto, si consideramos la tendencia a que se orienta el bienestar económico y no el mero balance puntual que, obvio es decirlo, es positivo, podremos observar de forma clara sus diferencias en relación con el bienestar social y bienestar psicológico.

Así, la tendencia a diseñar grandes ciudades por la aspiración a tener mayores niveles de comodidad, se trueca en hacinamiento, ruido, estrés y en otros muchos tipos de agresiones objetivas y percibidas. La tendencia a incrementar el proceso de industrialización que, siguiendo la línea del desarrollismo, nos lleve al bienestar psicológico, éste se toma en alineación. Incluso, cuando se aspira a un más alto grado de higiene y de salud, tal pretensión se oscurece con los altos niveles de polución en las ciudades, fallos en las centrales nucleares y petroquímicas, envenenamientos de alimentos o de productos farmacéuticos... La pretensión utópica de hacer desaparecer las enfermedades se debilita ante la posible manipulación biogenética. Por último, la tendencia hacia nuevas formas de libertad y de autorrealización, se transforma en ausencia de libertad y en una vida cada vez más rutinaria y dependiente.

Así pues, es necesario crear una nueva teoría de la sociedad y del hombre inserta en una nueva ética humanista en la que se hagan converger estos distintos niveles de bienestar y en la que la igualdad y la libertad puedan convivir sin fricciones; ello exige, y en ello reside la dificultad, una nueva forma de pensamiento y un nuevo estilo de vida (04, 1990). En este sentido, sostiene el autor que acabamos de citar, "el Estado del Bienestar se interpreta como un grupo multi-funcional y heterogéneo de instituciones políticas y administrativas, cuyo propósito es manejar las estructuras de socialización y la economía capitalista..., y no como mero proveedor de servicios sociales" (p. 17).

Desde el Estado del Bienestar, se pretende alcanzar una mayor justicia equitativa, mediante una distribución más justa del conjunto de bienes producidos, atendiendo a un cada vez más amplio número de servicios públicos, mediante la aplicación de un sistema tributario progresivo, a través de la potenciación de sindicatos fuertes que negocien en un plano de igualdad frente a empresarios, potenciando un movimiento fuerte de consumidores, legislando salarios mínimos cada vez mas justos, prestando ayuda a los incapacitados, proporcionando empleo y aumentando la productividad. Sin embargo, cuando se producen desajustes, tensiones y las consiguientes recesiones en el sistema, plantea dificultades poder afrontar con eficacia éste amplio espectro de acciones, pues satisfacer sólo un seguro obligatorio de desempleo y mantener actualizadas las pensiones, podría acabar a medio y largo plazo con la generosidad del mejor Estado benefactor (Gough, 1978). Lo que se producen, pues, tal como está ocurriendo en la actualidad, son tendencias auto-paralizantes en el sistema.

A pesar de ello, este Estado se ha hecho ya irreversible, pues realiza funciones esenciales tanto para la economía capitalista como para amplios grupos sociales. De hecho, la mayoría de los autores coinciden en señalar el interés del Estado y del capital en mantener unos mínimos crecientes de bienestar para todos los ciudadanos a cambio de que asuman éstos el rol de agentes pasivos y se sometan a los mecanismos de control y vigilancia establecidos por el sistema (Green, 1982).

El Estado intervencionista del Bienestar, no obstante, se ve sistemáticamente restringido, debido a las contradicciones del sistema, que afectan a su propia legitimidad y eficacia. En tal sentido, si queremos mantener un bienestar social mínimo tendremos que establecer, como diría JK.. Galbraith (1981), un orden de prioridades que nos sirvan de guía en la asignación de los recursos disponibles, estableciendo los ajustes pertinentes entre las políticas de bienestar y las necesidades del sistema económico. Sin embargo, el Estado del Bienestar no puede sustentarse sólo en la lógica instrumental economicista de la eficiencia, porque en ese caso se produciría más malestar que bienestar (García Cotarelo, 1986), sino que habrá de tener un referente ético basado en la solidaridad.

Las recomendaciones de Galbraith, sin embargo, parecen no ser atendidas con seriedad si observamos cómo la economía occidental se mantiene orientada a satisfacer necesidades de consumo provocadas artificialmente mediante la adquisición de productos -incluidos los militares- que en su mayoría hay que renovar constantemente. Pero, a la vez, se pretende estimular el ahorro que, en épocas de recesión, afecta en primer lugar a la educación, salud, sanidad, cultura e investigación. No obstante, en la medida en que la sociedad se haga más culta, más crítica y más democrática, serán muchos más quienes puedan determinar la asignación de los recursos que pertenecen a todos y puedan tomar decisiones más consecuentes con la aspiración de crecimiento del ser humano, pues como diría Rawls (1972, p. 1): "La justicia es la primera virtud de una sociedad".

Sin embargo, no debemos olvidar "que la eficacia de las políticas del Estado del Bienestar, va a depender cada vez más de compromisos informales e inaccesibles al público entre planificadores estatales y élites de poderosos grupos sociales de interés" (Offe, op. cit., p. 29). Formulado en otros términos, el Estado del Bienestar seguirá proporcionando tal bienestar en la medida que pueda seguir administrando las conciencias a través de la socialización. Y, en tal sentido, el capital no sólo tiene capacidad para definir la realidad, sino que también puede llegar a crearla.

 

IV. FACTORES PSICOSOCIALES IMPLICADOS EN EL BIENESTAR SOCIAL

Desde el punto de vista psicológico-social hemos de considerar el proceso a través del cual se hacen conscientes las necesidades de los individuos, así como la forma en que se estabilizan en el tiempo y llegan a instalarse de modo permanente en la sociedad.

En este sentido, el reconocimiento de una necesidad implica un proceso cognitivo y reflexivo, regulado por unas determinadas normas culturales, relaciones sociales y hábitos de consumo. Sin embargo, tal proceso se ve cada vez más interferido por la gran cantidad de opciones que se les presentan a los individuos y por la dificultad subsiguiente para identificar, elegir y mantener tales necesidades como las suyas propias. Además, la proporción de necesidades impuestas y acríticas se incrementa, mientras disminuyen las precondiciones socio-estructurales que puedan permitir un análisis crítico de las mismas y su integración en la identidad personal de los individuos. Por tanto, sería de gran interés que éstos pudieran estar en disposición de identificar sus propias necesidades reales y de expresarlas libremente. Ello les proporcionaría, sin duda. un mayor bienestar psicológico.

De otra parte, la importancia de los factores psicosociales radica, mismo, en el hecho de que las variables demográficas o de clasificación social (edad, sexo, renta, educación, estado civil ... ) muestran unas relaciones muy bajas, cuando las hay, con la mayoría de las autoevaluaciones de bienestar social.

En general, todas estas variables juntas no llegan a explicar más del 15% de la varianza de las evaluaciones que hacen los individuos de su propio bienestar, globalmente considerado, y no mucho más si se trata de autoevaluaciones en facetas específicas. Por ello, han tenido que incluirse otras variables o conjuntos de variables que ayuden a explicar mejor el fenómeno del bienestar. Pues bien entre éstas podríamos señalar, desde un punto de vista psicosocial, la satisfacción de vida en general -relación de pareja, interacción familiar, t b 'o, comunidad, ocio- (Campbell, et la, 1976), apoyo social e interacción social -amigos, familia, comunidad- (Berkman & S e, 1979), actividades lúdicas (Mac Phyllamy & Lewinsohn, 1982) capacidad de control personal y social (Muñoz & Lewinsohn, 1976 b) y la estima personal (Andrews & Withey, 1976).

Obviamente, existen muchos más referentes de carácter psicosocial, que pueden ayudar a explicar mejor el bienestar psicológico y social, pero sería una presunción, por nuestra parte, intentar ser más exhaustivos en estos momentos. Sin embargo, aludiremos, por su importancia, a otros dos referentes internos importantes, íntimamente relacionados con el bienestar, y que actúan como factores determinantes de éste. Nos estamos refiriendo al nivel de aspiración y al nivel de equidad. El ajuste de ambos referentes, junto con el nivel de control percibido, ya comentado, se vienen considerando como componentes fundamentales de satisfacción y, en consecuencia, de bienestar y de calidad de vida.

De todos modos, a pesar de la importancia que ha tenido y está teniendo esta orientación de carácter más subjetiva, tampoco la podemos considerar como una panacea tan sólo ayuda a ponderar, modular y cualificar los datos obtenidos en una primera fase a partir de indicadores objetivos.

Ambos enfoques: cuantitativos y cualitativos, por tanto, nos aproximan al fenómeno. Unos, desde la realidad empírica; otros, desde el mundo subjetivo de los individuos, aunque todavía no con la luz suficiente.

El ser humano tiende cada vez con mayor asiduidad a subjetivizar la realidad empírica y a colorearla con sus propias experiencias, expectativas, anhelos y aspiraciones. Quizá sea por esto por lo que la gente, en general, se muestra más feliz o dice estar más satisfecha de lo que las estadísticas o los fríos análisis objetivos constatan (Locke, 1976).

En este sentido, el ser humano tiene la grandeza y la capacidad de crearse su propio mundo y de creerse su propia ficción al margen de esa realidad constatada por los datos estadísticos. Y alguien podrá decir que una vida de ficción es una vida alienada. Pues bien, será otra contradicción más que tendrá que asumir el hombre y que, por otra parte, no le implicará grandes costes, ya que si algo le caracteriza es, precisamente, su naturaleza compleja y contradictoria.

 

V. ALGUNOS PROBLEMAS EPISTEMOLÓGICOS Y METODOLOGICOS EN EL ESTUDIO DEL BIENESTAR SOCIAL

Uno de los rasgos característicos que define el discurso sobre el bienestar social en el marco de las ciencias sociales es su adscripción al paradigma científico positivo, partiendo en sus proposiciones de una perspectiva científica objetivista, alejada, por tanto, de la práctica social, de los movimientos sociales y de las alternativas emergentes que se producen. Sin embargo, es el arraigo en la problemática existencial humana lo que proveé de sustantividad y de legitimidad a la ciencia social. Por consiguiente, "el rasgo distintivo de la ciencia social crítica es no ser objetivista ni hallarse artificialmente divorciada de los conflictos sociales y políticos que realmente existen (Offe, op. cit. p. 263).

En tal sentido, una de las funciones criticas esenciales de la ciencia social consiste en desmitificar la ideología en la que se sustenta el sistema, a través de la investigación empírica, poniendo en cuestión las normas y creencias sobre las que descansa un determinado ordenamiento social.

Este modo de aprehender la realidad, lógicamente, no puede hacerse desconectado de ella, sino desde y en comunión con ella. Por consiguiente, el paradigma que nos guíe, ni puede ser excluyente ni dogmático, sino lo suficientemente permeable y tolerante que pueda contemplar propuestas de sistemas sociales alternativos menos vulnerables a las diversas formas de desviación en las que se encuentran cada vez más amplios colectivos que no encajan en el actual sistema.

Hecha esta reflexión, y volviendo a la realidad, constatamos que hasta hace poco tiempo, el bienestar social ha sido contemplado casi exclusivamente desde un punto de vista positivista y economicista. Así, el bienestar social se analizaba sólo a partir de la relación producción-consumo por lo que los indicadores de bienestar social más utilizados han venido siendo el P.N.B. y la R.P.C.

En la actualidad, sin embargo, no se comparten estos criterios, antes al contrario, se exige para hablar de bienestar social una distribución mal y equitativa de la riqueza y la satisfacción de las necesidades individuales y sociales en diversos campos: educación, salud, trabajo... Por tanto, la medida de bienestar social se plantea hoy a partir de indicadores múltiples que tratan de medir los recursos disponibles en la sociedad y las necesidades de ésta en las distintas facetas básicas de la vida.

En relación con los indicadores sociales, han aparecido en la literatura dos enfoques. El primero, orientado a medir situaciones objetivas (niveles de renta, número de aulas o de maestros, médicos por habitante, tasas de empleo, densidad residencial) y a evaluar el grado de eficacia de tales servicios en una comunidad determinada. El segundo, pretende medir el grado de satisfacción de las personas con sus condiciones objetivas de vida. Por tanto, desde este segundo enfoque nos interesa comprender los distintos procesos perceptivos y cognitivos que en general utilizan los sujetos a la hora de valorar su propia situación.

En el primer caso, las mediciones se realizan de un modo directo a partir del censo o de cualquier otro tipo de registros oficiales. En el segundo caso, a través de cuestionarios, programas de entrevista, grupos de discusión u otras técnicas que se aplican a los sujetos implicados en el estudio.

Ambas formas de medida del bienestar social no son excluyentes, sino complementarías y necesarias para obtener una imagen global y suficiente del grado de bienestar en una comunidad. Sin embargo, aunque desde el punto de vista teórico pueda parecer que estos dos tipos de medidas están íntimamente relacionadas, desde una perspectiva empírica no se ha podido sustentar (Rossi & Gilmartin, 1980).

Una primera razón que podría darse para explicar esta ausencia o baja relación, podría venir dada por las diferencias individuales, pues cada individuo puede estar o no satisfecho con las distintas condiciones objetivas de vida (Lewinsohn, Redner & Seeley, 1991).

Asimismo, es baja o nula relación también puede deberse a problemas teóricos o metodológicos, que podríamos sintetizar en una falta de definiciones más explícitas de indicadores objetivos y subjetivos, en las diferencias al establecer los marcos teóricos para intentar relacionar indicadores y facetas de vida y, finalmente, en la no consideración del contexto sociocultural donde se aplican tales indicadores.

Por tanto, para que el bienestar social pueda ser estudiado de forma adecuada, es necesario elaborar indicadores objetivos y subjetivos que nos permitan me ir las distintas facetas de vida, así como sustentarlo en una teoría explícita del bienestar con conceptos bien definidos y justificaciones claras acerca de los criterios seguidos en la elección de indicadores.

Ante estas dificultades, tienden a adoptarse distintas alternativas, orientadas, bien a la eliminación de los problemas asociados a las medidas de satisfacción global, buscando formas de medida distintas de las tradicionales, bien mediante la eliminación del alto grado de error de varianza, elaborando medidas que combinen eficazmente facetas más específicas de satisfacción, bien utilizando otros constructos con una menor carga connotativa.

De todos modos, la ciencia social, además de ayudar a resolver estos problemas de carácter instrumental y metodológico, tendrá que desarrollar una nueva sensibilidad entre los distintos grupos sociales que posibilite el establecimiento de compromisos solidarios adecuados, pues el papel de la ciencia social no es de mero asesoramiento para ayudar a resolver los problemas planteados hic et nunc, según los criterios establecidos por el sistema, sino promover el debate y el discurso crítico sobre el anclaje ideológico de esos criterios, sobre la base de legitimidad que los avala y sobre las proyecciones futuras que establecen.

Esa es, a nuestro entender, la cuestión esencial sobre la que tendremos que profundizar durante algún tiempo para comprender mejor y dar respuestas más adecuadas al complejo fenómeno del bienestar en el sociedad actual, caracterizada por ser multiforme, ambigua, cambiante, incluso caótica, ante la que el profesional social habrá de intervenir con esquemas flexibles de pensamiento y con diversidad de metodologías, a fin de poder canalizar los problemas, las necesidades y las aspiraciones de las personas hacia formas de realidad donde sea posible satisfacerlas.

 

BIBLIOGRAFÍA